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Que sí, que lo primero que todos pensamos al oír Zelda es: un chaval vestido de verde que va a rescatar a la princesa (y al mundo) del malo. Y luego reflexionamos: ¿Hay algo más machista que eso? ¿Acaso La Princesa necesita la ayuda de un héroe inexperto que toca tan mal la ocarina que hasta hace llover? Entonces nos damos cuenta de que Mario es igual, pero que el universo de Zelda lo supera con creces porque Hyrule y sus inmediaciones fueron creados nada más y nada menos que por Tres Diosas y: si un mundo lo han creado Tres Diosas, por fuerza tiene que ser tres veces mejor que el nuestro.

Así, Din, Nayru y Farore, o lo que es lo mismo, las Diosas del poder, la sabiduría y el valor, crearon la tierra, el orden  y a sus habitantes, entre los que se encuentran implacables mujeres y carismáticos hombres de diferentes razas. Y como no podía ser de otro modo, cuando las Diosas partieron abandonando su creación, dejaron la Trifuerza en manos de otra Diosa, Hylia. De esto juro no haberme inventado nada, todo lo cuenta Hyrule Historia, ergo la Biblia.

En este nuevo territorio habita la tribu más famosa de mujeres –con permiso de las amazonas-: las Gerudo. Son mujeres fuertes, independientes y de piel tostada que, evidentemente, veneran a una Diosa, la de la Arena. Pero este grupo de guerreras no es tan idílico como podría parecer en un primer momento, pues tiene una peculiar tradición y es que deben hacer rey al varón que les nazca cada cien años. Aquí entra en juego el malo malísimo de la saga.

Hablando de malos, ¡vaya malos que tiene The Legend of Zelda! Una finita pero interesante lista de endiablados jefes finales: andróginos como Vaati, auténticas reinas como Yuga y muy gaymers como Grahim. Quisiera hacer una mención especial a las ancianas gemelas Birova, que a pesar de sus años siguen dando mucha guerra: normal, son gerudo.

Pero no sólo los variopintos personajes son de mentes perversas. También está Tingle, un hombre que quiere ser hada y se pasa la vida en mallas verdes volando con un globo dibujando mapas. A todos nos ha pasado en algún momento.

Hadas. Grandes Hadas. Las Tres Diosas llevaron a Hyrule a mujeres tan poderosas como sinuosas, capaces de hacerte recuperar la salud sin pestañear o concederte interesantes habilidades, y todo ello envueltas en la mínima capa de hiedra que el pudor exige. Sin las Grandes Hadas el chaval vestido de verde que protagoniza estos juegos estaría más que perdido.

Pero la clave de todo esto no es otra que la Princesa Zelda, esa joven vestida de rosa a la que rapta el malo, esa joven a la que pudiste manejar en Spirit Tracks por primera vez y quisiste volver a hacerlo pero sabes que en Breath of the Wild no hallarás respuesta a tus plegarias, esa joven que es Sheik. Sí, te acabo de destrozar el Ocarina, así sin avisar. Por intervención de su protectora, Impa, Zelda se ve obliga a aprender las artes combativas y mágicas de los sheikah y camuflarse bajo la apariencia de Sheik. Esto también nos ha pasado a todos alguna vez en la vida. Y no sólo de ninja se ha vestido Zelda, pues también ha sido Tetra, una pirata independiente y decidida. Ahora mismo también te he fastidiado Wind Waker. Al final Zelda siempre se termina salvando a sí misma ayudando al héroe. Es lo que tiene.

¿Pero qué sería del héroe sin su espada? ¡Pues la espada también es una mujer! Bueno, quizás no, pero lo que está claro es que sin Fay no tendríamos Espada Maestra. Al igual que sin Mascarón Rojo no tendríamos travesía marítima. Del mismo modo que sin jugador no habría Link. Link al fin y al cabo no es Link. Link no es kokiri ni deku, ni minish ni lobo, ni goron ni zora, ni niño ni adulto. Link es el nombre que tú le pongas. Link es ¡Hey, listen! No, esa es Navi.

Y veinte templos después, superado el del agua y hasta el Master Quest, Zelda va y no te besa. Pero nada. A ver, ¡que te has jugado la vida por ella! Pero yo me la juego a que lo que pasa es que una gerudo le robó el contenedor de corazón de Zelda y Nintendo se está guardando ese final apoteósico que todos deseamos para enseñárnoslo cuando menos lo esperemos.

¡Por un beso así salvaría yo al mundo con gusto!, y no por estas mariconadas.

Sheik

Esta biografía no ha salido del armario.

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